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20 enero 20

Arte para sanar: Capítulo 2

Dicen las abuelas:
¡No lo toques que lo cortas!

Varias veces, al querer ayudar he salido regañada de la cocina cuando tomo el molinillo para batir el chocolate.

Manos sagradas las de todas las madres que hacen chocolate cada mañana para que su familia salga con energía a enfrentar cada día.

Bien lo decía la chef colombiana, Leonor Espinosa, al hablar sobre la mujer colombiana y su papel de guardiana: la que siembra, pesca, cuida el “colino”, los hijos, la cocina.

Las manos de las mujeres colombianas cuentan muchas historias.

Mientras hablábamos, Rosalba abría el empaque amarillo de Luker Chocolate, el que está plasmado en mi memoria, para preparar el chocolate.

Vale aclarar que estábamos a unos 35 grados centígrados, humedad 100%; un chocolate caliente no sería lo adecuado para refrescarnos, pero las madres colombianas en su vasta sabiduría dicen que “calor se quita con calor”.

Chocolate caliente para sanar

Me tomé el chocolate caliente y no podía dejar de mirar a Rosalba. Había algo en sus ojos que reflejaba una tristeza muda, un dolor que no abandona el alma; esa misma mirada de alguien cercano a mi vida, una luz apagada.

Comencé a caminar con ella mientras me enseñaba Caribia y me contaba un poco de su historia. Siempre hay algo que ocultamos, no por temor sino para no hacer daño a
los demás.

Nacimos en medio de la guerra. En Colombia son millones de padres los que han perdido un hijo, varios hijos, millones de vidas que han sido segadas sin sentido, que han sido apagadas antes de tiempo por lo menos para nosotros los mortales, que no entendemos los designios de la vida, para quienes creemos en un Dios, nos preguntamos por qué los llama tan rápido.

Todos tenemos sueños, estos son el motor de nuestra vida. Las madres colombianas dejan de lado sus sueños para seguir los de sus hijos o compañeros. “Terminar mi casa para mi familia”, decía Rosalba. Me rehusaba a que ese fuera su sueño porque ese era el de su familia.

Su hijo, Juancho, le iba a regalar su sueño antes de sufrir un accidente y, para ella, murió también su sueño: estudiar Gerencia de Farmacia.

Su hijo murió hace un año. Rosalba se apagó…

Por alguna razón la vida nos une… A mí para aprender sobre el dolor, y a ella para tener una amiga que le recordara que, desde el cielo o donde quiera que las almas descansen, Juancho quiere verla feliz, quiere que Juanita, su hija, goce de su abuela. Esa abuela que era el alma de la fiesta y la alegría de un hogar, que su esposo, sus hijos, Fernando y Silvia, sus nietos, Juan Carlos y Laurita, extrañan.

La historia de Rosalba se replica en millones de madres colombianas, dolores que no podemos entender, pero que debemos acompañar.

Hoy, desde Transhuella, acompañamos a Rosalba todos los días. La tecnología ha hecho posible que nos comuniquemos, enviarnos fotos de ida y vuelta, llevar a su nieta desde Medellín hasta Necoclí para que compartieran unos días, que Rosalba comience a sonreír y haya aceptado que su sueño de ser gerente de farmacia puede ser una realidad.

Amigos de Caribia Luker

Ahora Rosalba está desarrollando un emprendimiento con amigos de Caribia para tener su restaurante propio gracias a Luker Chocolate y su trabajo desinteresado en la comunidad.

Sin Luker Chocolate, nuestra misión de cambiar el mundo no sería posible. Vida a vida lo vamos logrando.

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