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20 febrero 20

En los Zapatos de los Cacaocultores del Huila: Capitulo 2

Sergio Restrepo Vicepresidente de Innovación

 

“Gracias Dios por este alimento que nos brindas hoy y por darnos la bendición de poder disfrutarlo. Queremos pedirte por las personas que no tienen la posibilidad de tenerlo. Te pedimos también por los enfermos, los presos y los secuestrados. Te agradecemos por la posibilidad de estar reunidos hoy acá y por la visita de estos doctores e ingenieros que han venido a ayudarnos a progresar, a mejor nuestro campo y nuestras fincas para poder vivir mejor. Amén”. Rezo de Don Jesús, cacaocultor de la región del Huila.

Con los ojos cerrados, de pie y cogido de la mano de las personas a su alrededor, esta fue la oración que en voz alta pronunció Jesús AGOSTOo Gómez antes de invitarnos a pasar a la mesa. El sancocho de pollo había sido preparado en fogón de leña según se podía notar por su sabor ahumado, por el olor a leña en el ambiente y por el humo que salía por el techo de la cocina de Doña Elvira Quintero de Gómez. La mesa estaba servida con un clásico mantel tejido a mano, muy típico de las casas campesinas colombianas, con platos de diferentes vajillas recogidas durante los años y cubiertos de diferentes estilos y formas. La sopa, el seco y una deliciosa agua de panela estaban dispuestos en cada uno de los 8 puestos que con cierta limitación de espacio le cupieron a Doña Elvira en la mesa de madera. En total éramos 11, con lo cual Don Jesús, luego de hacer su oración, se retiró junto a su esposa Doña Elvira y su hijo, “El mono”, para permitirle a la visita sentarse y almorzar de primeros, pues según él ellos tenían la prioridad. A pesar de haber trabajado toda la mañana en su finca cosechando cacao bajo el sol del Huila (Colombia), y a sus 75 años de edad, se rehusó a sentarse como gesto de atención con su visita.

 

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Nosotros, 4 personas que veníamos desde Bogotá, éramos en realidad para esta familia cacaotera unos completos desconocidos. Habíamos pedido el favor en las asociaciones ASOPROCAR y ASOPECA de que nos llevaran a visitar alguna finca de la región, pues queríamos conocer de cerca su realidad, vivir algunas horas en su entorno y compartir con ellos un rato sin ningún otro objetivo que escucharlos.

Tengo que confesar que la llegar al Huila no tenía una idea muy clara sobre cómo nos iban a recibir. Pensé que causaría cierta sospecha nuestra visita y generaría algo de suspicacia pues no sería para nada común. Habíamos llegado repentinamente esperando meternos en el espacio personal de una familia durante todo un día, a cambio de nada. Pensé que se negarían a recibirnos o que nos preguntarían inmediatamente al llegar cuál era el propósito de nuestra visita. ¿Qué pasaría si uno llega repentinamente a una vivienda desconocida en Bogotá y pide el favor de que lo dejan estar allí todo el día? Para mi sorpresa, fuimos recibidos con una gran sonrisa y una amabilidad contagiosa.

 

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Luego de una corta conversación de bienvenida y de mostrarnos el lugar, de una vez nos sumergimos en el cacaotal, un cultivo de 3 hectáreas con árboles antiguos, de tronco grueso y muy altos: características típicas de una agricultura muy tradicional y prácticas de la zona. Don Jesús iba caminando con cierta dificultad pues un accidente que tuvo cuando joven le había afectado de forma importante su pierna izquierda. No se quejaba, pero se notaba que le costaba bastante caminar. Luego nos confesó que había sufrido 5 trombosis pero que seguía trabajando sin problema. Durante el recorrido nos contó diferentes anécdotas de su vida que espontáneamente le iban saliendo. A la izquierda del sendero por donde caminamos había una quebrada con agua muy cristalina, con piedras muy grandes y vegetación frondosa. La sombra de los árboles de cacao y el sonido de la quebrada creaban un ambiente muy tranquilo y acogedor que sirvió de escenario para una conversación de unas 2 horas. Conocimos la forma en que Don Jesús administraba su finca. A pesar de que no conocía a ciencia cierta cuánto producía, ni tenía ninguna cifra anotada, conocía sus árboles como si fueran la palma de su mano.

 

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Luego del almuerzo en donde evidenciamos tan especial hospitalidad, pasamos a que la familia nos enseñara a preparar guarapo, una bebida típica colombiana hecha con el jugo de la caña de azúcar. En el patio tenían una máquina antigua para picar la caña, mientras que el “mono” ya había cortado algunas de estas plantas que estaban listas para pasarse por la máquina encargada de extraer el jugo. Todos participamos de la actividad y logramos sacar unos 5 litros de guarapo. Cansados por el esfuerzo físico que demanda esta actividad, pasamos al quiosco en donde Don Orlando, líder de la asociación de cacao y quien trabaja con Don Jesús, nos invitó a tomarnos un aguardiente de sobremesa.

 

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En el quiosco Don Jesús nos contó más historias de su vida, una de ellas, sobre el accidente de su pierna. Nos contó que a la edad de 20 años él estaba persiguiendo a una muchacha que le gustaba. Una noche, quiso salir en su caballo a buscarla. Su madre le advirtió que no saliera, que estaba muy tarde y que no estaba bien hacerlo. Sin embargo, salió y sufrió una caída que por poco lo deja inválido. La moraleja que tenía para compartirnos al final fue: “Una madre siempre sabe lo que es mejor para uno. Oigan a sus padres siempre y háganles caso”. Al instante, Guillermo Valderrama de 65 años y quien nos acompañaba en el grupo como consultor, anotó: “Así es, quién no escucha a su madre, no escucha la voz de Dios”.

 

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También nos contó sobre cómo había dejado de tomar alcohol después de viejo, perdiendo así a muchas de sus amistades. Nos contó intimidades de su infancia y sobre sus imborrables recuerdos de la época de violencia bipartidista entre liberales y conservadores -dos partidos políticos colombianos- durante los años cincuenta. Nos contó cómo vio a muchas personas morir cerca de la finca donde creció y también nos habló sobre la violencia reciente. A sus 75 años, narraba estos recuerdos como si hubieran acontecido ayer. Era evidente su trauma, pero también contundente su convicción por el valor del trabajo, el campo, la agricultura y la vida pacífica en comunidad.

 

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Al momento de irnos, el “Mono”, quien había sufrido un problema mental por consumo de licor adulterado y quien estaba pasando por un período depresivo y de soledad nos dijo: “Gracias a la visita de ustedes hoy veo mi finca más bonita. Hoy ha sido un día muy especial y feliz para mí”. Este día aprendí más cosas que en un día cualquiera en la oficina de Bogotá; conversé con más empatía; estuve más tranquilo; fui más humano, más feliz; abracé gente que nunca había visto; disfruté de la tranquilidad del campo; conocí gente que a pesar de no haber podido terminar bachillerato, sabían más cosas que yo; fui nuevamente consciente del valor que tiene nuestro campo y de la calidad humana y empuje de nuestros campesinos.

Luker Chocolate seguiremos trabajando con ellos y para ellos, pues son quienes hoy hacen posible que podamos disfrutar de los alimentos que nos da la tierra.

 

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